El nuevo rostro del ‘narco’, las víctimas y el desdén de la sociedad

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CONTEXTOS…

Por Gerardo Sandoval Ortiz /

Dos historias en breve.

Una: El sol se asoma en el horizonte y a lo lejos el callejón que lleva a las marismas se nubla por la tierra alborotada al paso de varios camiones militares. El viejo pero veloz tractor alemán Nuffield detiene su marcha y con el remolque cargado de pastura, bloquea el paso del convoy militar. Jorge “el guáguaro” no lo pudo arrancar. Los boludos saltan al piso y ayudan a sacarlo del camino hasta depositarlo metro de tierra abajo. Media hora después la casa del compadre “Bacho”, frente al campo de beisbol, se llenó de “verdes”. Iban por él. Por la barda de atrás de su casa escapó y se les perdió por las lagunas de “los chorritos”. Los guachos habían hallado varias parcelas con sembradíos de mota en las inmediaciones de El Cantón y por varios días se apostaron sin dejar entrar ni salir del caserío. El compadre Bacho no regresó jamás al pueblito. Hoy vive en Sonora.

Dos: “El güerejo” emprendía el retorno a su casa en El Tejón, cuando por aquel mismo callejón de la historia uno vió a los marinos venir a él. Regresó con el pie en el acelerador de la moto, dio vuelta a su izquierda y sin apagar la máquina aceleró y se metió hasta la cocina. Algo intuyeron los infantes de la marina, o quizá eran buenos rastreadores, que se fueron de paso pero regresaron en minutos. Gritaron y salió una jovencita recién graduada de la licenciatura de administración de empresas. Pidieron permiso de ingresar al corral. Luego entraron a la casa. No estaban equivocados, sabían que el de la motocicleta estaba ahí. Dieron garantías de respetar la casa. Salió “el güerejo”, apenas un niño de diez años. En ningún momento abusaron los hombres de la ley. En la moto había ido por su hermana mayor al salir de la escuela para llevarla a casa. Estaba asustado y su instinto lo había hecho regresar, huir y esconderse. Era bien ganada la fama de temerle a quien porte uniforme de policía o militar. Los marinos se disculparon y abandonaron la vivienda.

Las dos historias se construyeron a partir de momentos atestiguados y protagonizados por amigos y conocidos donde se vinculan buenos y malos en una misma actividad. Drogas, para ser precisos. Ocurrieron a orillas del Río de Las Cañas. Se exponen a propósito de la desgarradora tragedia que en Guadalajara enluta a varias familias, por ponerle nombre, al padre de Tadeo, el bebé muerto por las bestias que incendiaron un camión.

No. Ni los que se dedican al comercio de las drogas ni los policías son iguales, los de hoy a los de antes. Los capos, si alguna vez lo fueron, se deshumanizaron. Los hubo quienes construían escuelas, centros de salud, la plaza del pueblito, la carretera, costearon el costo del tendido eléctrico, fueron solidarios con el vecino en desgracia ante la atroz enfermedad de un hijo, llevaron regalos en Navidad. Hoy, mutaron hasta convertirse en animales, en bestias.

El policía sabe respetar. Hoy no. No se alcanza a identificar al bueno del malo entre el policía y al hampón. Los atropellos, las vejaciones, igual las comete un vendemota que el policía de menor grado. Con un garrote, cualquier utensilio de arma, quien sea de ellos se asume como verdugo y victimario de un desamparado parroquiano.

No nos hagamos. Cualquier ciudad, colonia o barrio, poblado, ranchería o caserío tiene sus faroles, antenas o halcones. El negocio está por todos lados. No habrá rincón del país, esquina de barrio, ni el más recóndito caserío de sierra donde no se sepan historias sobre las drogas, su cultivo, transporte o venta. Ya no más robin hoods en la imagen de un hampón. Su deidad, Jesús Malverde, crea y protege monstruos.

El negocio se extendió con la tolerancia y la complicidad de toda la sociedad. Unos más que otros pero hemos sido cómplices con la indolencia y el desdén con la que observamos al deterioro del amigo, el familiar o el vecino a causa del consumo de la droga.

Hay supuestos peores, verdaderos cómplices de esos animales que arrojan una granada, un molotov y tizón a un camión repleto de mujeres, de ancianos, que con dificultades podrán escapar de ese infierno. Así murió Tadeo. Desde antes de nacer fue condenado a morir por matones a sueldo al acecho de su universo, los abortos de criminales forjados e instruidos para asesinar a los suyos, a hermanos de raza y sangre.

En estos nuestros tiempos hemos visto escenas brutales. Desparecieron familias completas. Otras han sido obligadas a abandonar sus casas, sus pueblos. Pueda que algún miembro haya estado involucrado en uno de los muchos bandos y por él pagó la familia. Quién sabe si disfrutaron de algo indebido pero al momento sufrieron el dolor. De la desgracia se pueden aprender lecciones. Despojarse de la subcultura del narco es una opción. No estamos seguros si dejar de escuchar narcocorridos ayuda a extirpar la maldad y desterrar al hampón. Al menos se les cierra una llave a ese lucrativo negocio.

Es otra opción, quizá para poner un alto a eso que llaman “apología del delito”, emprender una batida social. Se ve difícil, sobre todo si consideramos que atrás de ese narcocorrido existe una millonaria industria que provee capital a cantantes y músicos de bandas, antreros y restaurantes, empresarios de bailes, lienzos charros y palenques. Todos ellos viven del narcorrido. Si no hay banda, si no contratan al cantante de moda, no hay negocio. Son esos negocios, los que ofrecen música sierreña los de moda. Se hallan hasta por la franja turística de la bahía y su periferia.

Quienes pensaron que Jalisco, Guadalajara su capital, Puerto Vallarta y demás municipios estaban ya a salvo de la espiral de violencia se han equivocado. Esto no es una guerra  de buenos contra malos. Si el negocio, la producción, venta y consumo de enervantes existe, lo demás va a continuar. Son malos contra malos. Cae uno de ellos y a su lado la víctima colateral, víctimas sin defensa. Tadeo así murió, enmedio de las atrocidades cometidas por bestias a las que ni siquiera pudo ver.

Si somos parte de una sociedad, todos somos responsables. Unos más, otros menos. Con el más absoluto desdén vemos y no hacemos nada por el vecino o pariente vivir sin vida en las garras del consumo de la droga. De las drogas, el paso natural es robar para saciar su vicio. En ese estado ocurren tragedias. Una escena repetida es la cárcel para ese “mariguanillo” de barrio. Se supo entonces que esa víctima de la droga es parte del inventariado del distribuidor de “tienditas”. Nadie se dio cuenta y mismo, para abastecerse y saciar adicción ha dado un salto. Es pistolero. Sicario. Salió con buena mira. Cumple el otro perfil. Es sádico. El barrio había visto nacer a un pistolero de elite, a uno con las características de los verdugos de Tadeo. Y nadie se dio cuenta.

Revolcadero

A nuestros amigos priistas les cayó de perlas el requerimiento de posesión de los nuevos dueños de la propiedad que albergó por casi tres décadas el rastro municipal. Para fines de campaña es oportuno pues el rastro es una de las muchas propiedades que en su momento Ramón Guerrero Martínez las desincorporó de los bienes del municipio para venderlas y dizque abonar deudas. Los vallartenses le reclaman al motejado “mochilas” por esa venta que él alega fue para hacerse de recursos y pagar deudas heredadas de los gobiernos priistas. En buena medida, el rechazo y repudió es por esa razón y son sus adversarios en la campaña los que más felices están. Bueno, también parecen estar felices los carniceros que aprovechan la oportunidad y amenazan con subir en un 30 por ciento el precio de la carne. En una de esas y los carniceros le agradecen con votos al “mochilas” por ese apoyo para subir el precio de la carne. No sabemos si es broma pero nos dijeron que hasta Juanito Castillo ya quemó la camiseta morena y se puso la naranja nomás por agradecimiento al de Ayutla.****** Nuestros pocos lectores en Talpa de Allende nos informan que un tal Marco Antonio Franco Palomera, mejor conocido como “kito”, trae canicas y amenaza con ganarle la alcaldía a Martín “el oso” Guzmán. Que tiene buenas posibilidades. Es candidato por el frente PAN-PRD-MC, propuesto por el último y con todo el apoyo panista. A “el oso” lo tachan de ser una especie de cacique” del PRI y eso le dificulta ganar simpatías. Salvador Uribe le coordina la campaña de Kito Franco y todos lo recuerdan por haber ganado la presidencia municipal en las no tan lejanas elecciones del 2012, ganándole precisamente a Violeta Becerra Osoria, quien es la abanderada tricolor en la competencia por la diputación local. Si logra Kito Franco derrotar al “Oso” Guzmán solo será posible gracias a la estructura panista. Salvador Uribe ganó por el PAN hace seis años. Este viernes estaba programada la visita de Enrique Alfaro “el kito” Franco estaba contento con ese empujoncito. Preguntamos por candidatos de Morena y como respuesta nos dijeron que es una dama pero que ni fu ni fa, que no pinta. ******  Solicitamos comentarios de la maestra Violeta Becerra y de ellos nos hablaron bien. No tiene malas recomendaciones. Es la actual presidente municipal, cargo al que pidió  licencia para competir por las siglas del PRI a la diputación local. Ha sido una excelente candidata y cae bien al priismo del distrito. Cuando de Puerto Vallarta se piden referencias de algún político nativo de los municipios serranos es común se hablen sus pecadillos. Recién empacadito de Ayutla, los vecinos de este municipio lanzaron toda clase de advertencias, que como alcalde de aquel municipio, casi deja sin calzones a sus habitantes. Hizo campaña acá, ganó la alcaldía y ahí andan ahorita los tablajeros, carniceros, priistas, reclamar por sus fechorías. Que les vendió el rastro y otras muchas propiedades del pueblo. No. No es el caso de la maestra Violeta Becerra. Le batalló para ser alcaldesa. Fue candidata y perdió en el 2012 y cuando ganó se propuso no defraudar a sus paisanos. No la tiene fácil pero está en posición de derrotar a Luis Munguía, el impresentable socio político de Ramón “el mochilas” Guerrero.

 

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