La Argentina contracultural, la selección que desatendió la lógica desde su concepción, rompe tradiciones malditas. Muletillas, mandatos y preconceptos. Luego de conquistar Qatar, supo que afrontaría un gran desafío: es muy difícil tener hambre después de comer. ¿Cómo sostener el impulso ganador cuando ya se sacó membresía en el club de la gloria eterna? Desde el miedo, esa espuela que activa el orgullo, la vergüenza y la ambición. El miedo paraliza o envalentona, y esa es la bisagra para hacer historia. El campeón del mundo sabe que, irremediablemente, el encanto se terminará, pero se empeña en extender la luna de miel. Y lo logra. También por eso es extraordinario: se escapa de lo corriente y reescribe manuales.
“Ojalá dure un montón, pero algún día se va a torcer”, asumió Lionel Scaloni mientras retumbaban los fuegos artificiales tras la victoria en el superclásico. ¿Agorero? Realista. “El fútbol es muy traicionero, mentiroso, engañoso y te podés quedar afuera por cualquier cosa”, agregó el entrenador, y subrayó una de las claves: la desconfianza. Saben que no hay garantías, que el derrumbe amenaza a la vuelta de la esquina. Porque lo padecieron: la única vez que bajaron la tensión, contra Uruguay en la Bombonera 2023, el equipo de Marcelo Bielsa los pisó.
Demorar el dolor de la derrota es casi una obsesión. Asumen que no lo evitarán, pero ya se demostraron que pueden distraer a ese incómodo inquilino con innegociables dosis de ferocidad. Esta selección, internamente, lo único que no se perdona es la relajación. “Aprendimos que solo se pierde cuando se pierde, nunca antes, por eso jamás hay que rendirse”, le contó Nicolás Tagliafico a LA NACION.
Y es el lateral izquierdo el que escucha el eufemismo hambre y analiza: “Yo lo explicaría así: ‘Comamos todo lo que podamos, porque un día ya no tendremos nada más para comer’. Es decir, llenate de estos momentos, de estos logros, porque pusimos la vara ahí arriba y hay que mantenerla, OK, pero sabemos que como hubo un principio, también habrá un final. Por eso, hoy nos repetimos algo cada vez que nos juntamos: aprovechemos estos momentos porque en el fútbol, y lo sabemos, son muchos más los momentos malos que los buenos. Y hoy que estamos viviendo un gran momento, absorbamos todo. Hasta que se termine, porque dejarán de darse los resultados, porque habrá cambiado la cosa, porque los rivales nos encontrarán la vuelta…”.
Hay una conducción que propone la rebeldía. Como futbolistas de selección, el cuerpo técnico se diplomó en derrotas y la generación actual creció viéndole las cicatrices. Conocieron el dolor a través de las carreras de Ayala, Samuel, Aimar y de Scaloni, sin atravesarlo. También lo vieron en los ojos de Messi, Di María, Otamendi y hasta el Kun Agüero al principio del ciclo. Lo olfatearon Tagliafico, Acuña, Dybala y Lo Celso cuando convivieron con la despedida de Mascherano, Rojo, Biglia e Higuaín. Y charlaron sobre el tema puertas adentro. Porque además del peso de Messi y Otamendi, hay voces reflexivas en De Paul, Pezzella, Lisandro Martínez, Paredes, Dibu Martínez, Tagliafico…
Scaloni no es un competidor interno y eso fideliza a los jugadores. También por eso le creen, lo siguen y los atrapa su inconformismo. El grupo disfruta el hecho de que Scaloni nunca haya querido ocupar el centro del escenario una vez levantada la copa. El técnico se maneja siempre con unos niveles de discreción que colaboran para que los futbolistas se sientan importantes, un elemento que ha ayudado para que este plantel se hiciera sólido. Y en su rocosidad nace la energía. “El papel primario es de los jugadores. Gracias a ellos estamos donde estamos. Es fácil decir que es gracias a mí, pero sería mentirles. Tengo un grupo enorme y no les enseño a jugar. Basta con ver cómo jugaba yo para entender que no puedo enseñarle a nadie. A veces hay que jugar a un toque, a veces a dos… Pero los que salen a jugar son ellos”, describió Scaloni luego del martillazo sobre Brasil. Siempre se corre.
Todos quieren jugar, nadie se duerme. Scaloni les dice que, salvo Messi, ninguno tiene nada asegurado. Y no les miente. Nadie cede, y como ejemplo vale Dibu Martínez, que en su foja excepcional suma tantas derrotas como títulos (4), y sin embargo está empecinado con las estadísticas y persigue todos los récords de selección. El núcleo histórico observa que suben los chicos, de Giuliano Simeone a Nicolás Paz, que crece Thiago Almada, y que el técnico no los llama para integrar el decorado. Si se ganan el puesto juegan ellos, y un campeón del mundo se queda en el banco. Supo lidiar Scaloni con alguna cara larga. “Uno quiere estar. Mentiría si dijera que no me jodió tener que salir”, aceptó Otamendi cuando perdió el puesto con Lisandro Martínez en la Copa América 2024. Y volvió el subcapitán, y recuperó el lugar antes de la lesión del zaguero del Manchester United. Se trata de sabuesos. Y son jugadores de selección, un atributo especial, y por tanto, no tan frecuente. Muchos de ellos son más influyentes y desequilibrantes en la Argentina que en sus clubes. En sus clubes son muy buenos, pero en la selección ascienden a determinantes.
Es un grupo especial. Se quieren, se buscan, se cuidan. Se admiran, y aceptan rangos despojándose del narcisismo. Hay aroma a hermandad. “Si coincidís en un grupo con gente que se identifica con la misma línea, que deja de lado los egos para ayudar al compañero, puede pasar que no ganes, claro, pero vas a tener muchísimas más chances”, agrega Tagliafico. Están permanentemente en guardia. No se sienten totalmente reconocidos por el ambiente futbolístico internacional (que les regalaron cinco penales en Qatar, que la FIFA quería que Messi fuese campeón, que en la última Copa América tuvieron la ayuda del fixture y de los arbitrajes… etc, etc), y ese recelo les afila los colmillos.
Y algo más los termina de volver insaciables: Lionel Messi. Hace tiempo que lo descolgaron del póster, pero todavía juegan por él. Han confiado que fueron más felices por Messi que por ellos mismos con la corona de Qatar. Cómplices y gregarios, empujaron hasta derribar la pared y quebrar el estigma de 28 años sin títulos en la Copa América de 2021 para que Messi se escapara de la cruel sequía. Se juramentaron alzar la Copa América 2024 por él, que no estaba en plenitud, y mucho más cuando lo vieron romper en llanto a un costado de la final. Y saben que la manera de ayudarlo a tomar la decisión de jugar el Mundial 2026 es ofrecerle un equipo de época. Una selección autorizada a soñar con imposibles en tiempos modernos: ser el capitán del bicampeón mundial.
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